Volar sin reposabrazos es incómodo.

Volar en tiempos de crisis

Volar sin reposabrazos es incómodo.Cuando yo era pequeño, soñaba con las imágenes que me impactaron de la película 2001 una odisea espacial. Imaginaba vuelos orbitales y lunares, en compañías aéreas en las que todo estaría automatizado y fácil. Sobre todo … muy fácil.

El golpe con la realidad lo he venido teniendo todos estos años, pero la crisis ha acentuado mi impresión de cutrerío sobre algo que hace 25 años era un signo de glamour: volar. Y no me refiero a los cacheos, a la fila de personas en calcetines con tres bandejas que no pueden llevar y con sus medallas de la suerte y demás efectos personales amontonados a la vista de todos. No. Me refiero a la falta de personal.

Llegamos a la T4 con nuestra tarjeta de embarque en autocheck-in on line. Sí. Pinta mal, ¿verdad? Contentos con nuestros móviles en la mano, iniciamos una cola de veinte minutos para pasar el control. Cuando mostramos el móvil a la persona que nos pide la tarjeta de embarque: “Eso es otra fila”. “Pero no estaba indicado”, replicamos. “Ya”, nos responde la mujer, mientras sigue chequeando. Salimos y volvemos a entrar por la fila no indicada para tarjetas de embarque digitales. La persona al cargo nos pide paciencia porque no sabe muy bien cómo va, y si va a funcionar.

Llegamos tras varios intentos fallidos y uno con éxito al habitual strip tease de cinturón y zapatos. Encontramos la forma de poner sobre la bandeja que tiene nuestros zapatos, una con el bolso y sobre ella la que lleva el reloj y otros enseres. De esa forma podemos apañarnos con solamente dos manos. Vemos la puerta de embarque. M43. 15 minutos de paseo. Bueno, entra dentro de lo previsto.

Llegamos a la satélite sedientos. Mato por sentarme y una cervecita fría. No hay bares. Desmontados (¿por crisis?). Sed intensa. De pronto, vemos gente correr. ¿Qué habrá pasado? ¿Fuego? Antes incluso de recoger las dos tristes botellas de agua (2,30 euros cada una) Nos gritan “¿Vais a Granada?” Asentimos. “¡Han cambiado la puerta, y es la J47!” Cielos, es en la otra terminal.

Claro, en Barajas no hay megafonía y si te enteras de que han cambiado la puerta cuando llegas después de 15 minutos de paseo, hay que sumarle otros 15 de vuelta. ¡A correr! La lógica te dice que sabiendo que ha habido cambio de puerta y habiendo facturado equipaje esperarán, aunque eso retrase el vuelo. Pero por otro lado miras el reloj, ves que es la hora marcada en tu tarjeta de embarque y te sabes en la otra punta del aeropuerto. Además, llegar tarde supone no tener sitio para dejar el equipaje de mano… y vamos en salida de emergencia, o sea es obligatorio no llevarlo encima. A correr.

Para volver de la T4S a la T4… resulta que hay que volver a pasar por un control de seguridad (¿?). Otra vez: cinturón, zapatos, relojes, medallas, bandejas… Sorpresa: en ese control de seguridad no estaba instalado ningún sistema de comprobación de tarjetas de embarque desde el móvil. La persona al cargo, muy tranquilamente nos dice que vayamos otra vez a la entrada principal de la T4 y que allí sí tienen. Nos calzamos, nos ponemos los relojes… y vuelta a correr mientras los demás pasajeros entraban.

Llegamos a la puerta y aún no ha habido embarque, pero la cola mide casi cien metros. En algún punto de esa cola, alguien ha decidido ponerse detrás del último sin importarle que se trataba de una escalera. La cola continúa escaleras arriba. No había nadie ayudando a formarla correctamente. Se forma otra fila al pie de los escalones de personas que no quieren subir peldaños. Ya tenemos la típica cola bífida que tantas alegrías ha dado. Nos resignamos a embarcar mucho después.

En la puerta, otra vez caras de preocupación al sacar el móvil. “Es que tenemos tarjetas de embarque…” “Ya, espere un momentito que en seguida viene la persona que se encarga. Mientras, háganse a un lado”. A esas alturas ya estamos arrepentidos de haber usado el sistema más moderno de embarcar en un avión.

Nos toca esperar en el infierno del finger, aunque justo antes de acceder a él me da por mirar por una ventana. Veo a un operario a pie de pista gritar algo y hacerme señas con los brazos. No creo que vaya por mí… pero el hombre insiste. ¿Qué estará pasando? ¿Otra vez fuego pero ahora en el finger? Después de una conversación surrealista de señas entre la pista y la ventana de un pasillo consigo entender que al no haber señalización clara, el público se metió en el finger en lugar de bajar las escaleras. Y adivina por dónde era. Digo en voz alta: “Perdonen, este señor está diciendo desde la pista que vayamos por la escalera de la izquierda, no por el finger”. Las miradas de “tú quién eres para decir por dónde es” me hicieron sonreír más tarde cuando íbamos sentados en la jardinera. Claro, la gente espera que haya alguien para decirte por dónde has de ir, y no puede ser un viajero que se comunique con un trabajador del aeropuerto por señas desde una ventana. Pero olvidamos que hay crisis, y poco personal. Hay que apañárselas y estar prevenidos para cualquier cosa.

El hecho de que en el avión de vuelta no hubiese reposabrazos y al reportarlo a la tripulación, el TCP al cargo echase la culpa al pasaje (“es que ustedes se lo llevan todo”) es anecdótico. Solamente representativo de la situación actual, tan grave como para imaginar a alguien robando una pieza de un Airbus para venderla en el rastro. Sé lo que estás pensando. No, no era una low cost. El avión era un 320 de IBERIA (EC-LEA)

Así volamos. ¿Dónde está el uso generalizado de los vuelos supersónicos? ¿Y esos modelos que dejaban como antigualla al Concorde? Mis sueños de la infancia se cubren de realidad hasta no asomar ni las alas. Snif.

4 Comentarios

Únete a la conversación y cuéntanos tu opinión.

Javi Arjona
27 junio 2011 en 10:16

Me he quedado de piedra leyendo el final.Aciertas en lo que pienso,hasta que me dejas con los ojos más abiertos que…que….Bueno,me quedé sin palabras con la “aventurita”.Suerte,y perdona mi “drasticidad”,que podéis contarlo.Salu2

d2q3
27 junio 2011 en 10:23

al margen del tema de la crisis y haciendo referencia a las nuevas tecnologias, la pregunta no es si los consumidores estamos preparados para eso, sino si las empresas lo estan. Siempre se anuncian como algo puntero pero luego resulta que no tienen el personal o la infraestructura para afrontarlo. Y esto (pero a la inversa) me recuerda al parquin inteligente que montaron en las Ramblas de Barcelona. En teoria no se precisaba personal, tan solo uno en caja, pero (de esto hace mas de 10 años) no contaban con la torpeza de los consumidores y al final creo que eran 4 personas para explicar al pobre que entraba en el parquin lo “facil” que era aparcar y sacar el coche.

Fidel
28 junio 2011 en 18:49

Me he sentido identificado en varios momentos de tu relato. Sobre todo a la hora de utilizar la tarjeta de embarque en el movil, los paseos interminables por la t4 (con dos niños de 3 años), y la falta de personal en diferentes áreas (sobre todo en facturación, los días fuertes de las operaciones salida-llegada. En muchos momentos, las máquinas autochequin no funcionan, y tienes que terminar haciendo la cola como todo el mundo, y si no, para facturar las maletas… En menos de un mes volveré a Barajas a la T4 para viajar a Tenerife… Que aventura nos esperará en las próximas vacaciones?? Un abrazo compañero…

Charo
6 julio 2011 en 20:52

Me encanta, lo he vivido. Una vez creí que el culo del mundo estaba en el aeropuerto de Asunción-Paraguay……¡no es así! Lo tenemos en los cutre-super-aeropuertos de España…..me encanta viajar y lo hago siempre que puedo pero la verdadera aventura comienza en los aeropuertos, así que para cambiar de vida y vivir grandes emociones….tachán, tachán: sal desde cualquier aeropuerto español.

Deja un comentario