En el aire

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Se llaman deportes aéreos. Y lo son. El aire que nos rodea parece no existir, pero cuando es lo que te sostiene te das verdadera cuenta de que está ahí.

Desde mi primer salto, siempre que miro al cielo tengo la sensación de haber estado entre las nubes. Por mucho que uno viaje en avión, o incluso los pilote, nada como salir de uno de ellos en vuelo. Es como tratar de conocer un sitio en coche y bajarse para caminar.

Apiñados todos dentro del aparato, despegamos comiéndonos casi toda la pista. Un vuelo en espiral ascendente nos coloca a 16.500 pies. El altímetro dice que estamos cerca y revisamos el equipo.

Se abre la puerta. Hasta ese momento algo en la mente niega el hecho evidente de que vamos a desafiar el instinto de conservación. Motor en ralentí. El avión comienza un descenso controlado para permitir un salto fácil. El aire frío entra en el compartimento mientras empiezan a desaparecer compañeros. Cada vez que uno de ellos se coloca en la puerta y salta, el rugido del aire me recuerda que luego voy yo. Aunque la norma recomienda no mirar abajo, uno no puede evitar recordar la imagen de los campos sembrados y de pequeños coches surcando autopistas.

“Cuando quieras” grita el jefe de hoy, sin meterme más prisa de la de evitar que se acabe la pasada y haya que dar otra vuelta para no acabar todos en la carretera. Uno, dos y… tres. Me arqueo hacia el ala del avión para que mi cuerpo, que ya es juguete del viento, tenga estabilidad. Un instante después, ya soy pájaro. O superman. O lluvia, si pincho una nube y me moja.

Me permito jugar un poco, sosteniéndome en equilibrio. Cada gesto supone una respuesta del aire a mi alrededor. Caigo, pero está quieto el paisaje. Pasados tus segundos (siempre sabe a poco) ves que el suelo está un poco más cerca. Pero solo un poco. El altímetro ya pita con cierta insistencia para abrir campana, antes de no haya tiempo de reacción si algo va mal. Mil metros. Setecientos. Ya.

Un gesto rápido, un pequeño estruendo con tirón… y el silencio. Miro arriba y no hay vela, ni doble campana, ni cables enredados. Agarro los mandos y tiro para hinchar. El frenado me vuelve ingrávido y una vez más vuelve el silencio, solamente roto por el sonido leve y lejano del motor del avión, que casi ha de llegar antes que yo al suelo.

Ahora, a ver dónde estamos. Primero localizo a los compañeros, y me oriento justo después. En Ampúria Brava no hace falta por el mar, pero en Ocaña sí. No consigo ver el aeródromo. Junto los pies y sigo una línea imaginaria, pero solo hay cultivos. Noventa grados de giro. Repito la misma operación, y ahí aparece la pista. Comienzo a hacer patrones mientras calculo dónde van las demás manchas de colores en movimiento. Veo la X gigante (hoy jugamos a eso) y a cinco metros del suelo freno y pies por delante. Es como saltar de un columpio. Hop. Andando. Miles de metros resueltos en un palmo. Ahora, a recoger la enorme campana con las piernas temblorosas, las mejillas ardiendo y la sensación de haber liberado toda la adrenalina en un instante.

Dicen que el instinto te deja en tierra cuando algo te retiene a la vida, aunque tengas la certeza de que es uno de los deportes más seguros que existen. Desde que está en el mundo mi pequeño Alex, algo me ata al suelo y prefiero contarlo… aquí. Pero echo de menos estar de vez en cuando ahí arriba. Pruébalo. Siempre que mires al cielo lo recordarás.

2 Comentarios

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Nicolas Figueras
18 mayo 2011 en 13:19

Hola Juanma, tengo una duda ¿Cuantas veces has saltado?

Salu2

Nico

juanma
20 mayo 2011 en 21:49
– En respuesta a: Nicolas Figueras

Menos que tú seguro… Según el libro de saltos, 12. 🙂
No hice el AFF… Eran otros tiempos. Era en automático a baja cota y poco a poco ibas subiendo…

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